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CINEMA D'AGOST: cicle sobre Edgar Neville (Madrid, 1899-1967)

Date: 
Dimecres, Agost 7, 2013 - 22:15 a Dimecres, Agost 28, 2013 - 22:15

V Cicle de Cinema d´agost del CAN

a proposta d'Alejandro Montiel

 

NEVILLE Ó EL HUMOR BIEN EDUCADO

 

(Cuatro comedias modernas y nostálgicas en el cine español de los años 40)

PROGRAMA

dimecres 7 a les 22:15:h:       La torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944, 99 min.)
dimecres 14, a les 22:15h:     La vida en un hilo (Edgar Neville, 1945, 100 min.)
dimecres 21, a les 22,15h:     Domingo de carnaval (Edgar Neville, 1945, 82 min.)
dimecres 28, a les 22:15h:     Historia de un caballo (Edgar Neville,1950, 83 min.)

Para celebrar el primer lustro de nuestros anuales Cicles de Cinema d´ agost patrocinados por el Centre D´Art i Natura de Farrera, y tras los dedicados en pasadas ediciones al cine anarquista barcelonés durante la guerra civil (2009), a las refinadas películas de Max Ophuls (2010), a obras maestras breves y/o inacabadas de Eisenstein, Renoir o Erice (2011) y, por último, en el pasado año, a los memorables documentales de Flaherthy (2012), hemos seleccionado la obra de un cineasta madrileño, Edgar Neville, bendecido por una creciente reputación historiográfica que lo distingue hoy como el, quizás, más perdurable y singular autor de cuantos se mantuvieron activos con asiduidad en el cine español de la primera década del franquismo.

 

Los cuatro divertidísimos films presentados -La torre de los siete jorobados (1944), La vida en un hilo (1945), Domingo de carnaval (1945) y, por último, Historia de un caballo (1950)- son originales propuestas de acusada autoría y ostensible autoridad enunciativa de Edgar Neville y Romrée (Madrid, 1899-1967), conde de Berlanga de Duero. diplomático, escritor, dramaturgo y director de teatro, destacado miembro del grupo de humoristas de la denominada "otra generación del 27" (según feliz expresión de uno de sus miembros, José López Rubio, en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, en 1983), activo en revistas dirigidas por Miguel Mihura como Gutiérrez o La Codorniz, pintor, poeta e irrepetible cineasta.

 

Escritor precoz y envenenado por las bambalinas, casi en la adolescencia (en 1917 y coincidiendo con la eclosión de la moda del cuplé sicalíptico en España), compuso un vodevil (en medio acto) para "La Chelito" que había de escenificarse en el Chanteclair madrileño, pero que sería representado una sola vez y prohibido fulminantemente. Asiduo tertuliano del café botillería Pombo, que animaba con su arrollador talento y estupefaciente verbo el padre de la modernidad artística y literaria en España, Ramón Gómez de la Serna, Edgar Neville fue un viajero incansable a quien encontramos en Hollywood a finales de los años 20 entablando con Chaplin un sólida amistad que duraría hasta la muerte del cómico británico. Su paso por la Meca del Cine atrajo a otros amigos españoles en un período (inicios del cine sonoro) en el que se estableció brevemente la pronto abandonada costumbre de realizar dobles versiones de la películas, una de ellas en inglés y otra en castellano, destinadas estas últimas al público hispanohablante ibérico y del Continente Americano. Con excepción de Miguel Mihura, retenido en Madrid a causa de una impertinente enfermedad, por Hollywood acabaría pasando lo más granado de esta brillante generación de humoristas, como el citado dramaturgo y cineasta López Rubio, el ingeniosísimo Antonio Lara "Tono" -con actuación efímera y lujosa- y, de manera muy destacada, Enrique Jardiel Poncela, que codirigió en EEUU (junto a Louis King) su desternillante comedia (¡en verso!) Angelina o el honor de un brigadier (1934), filmada a rebufo del reciente éxito madrileño obtenido por el autor en las tablas con el mismo título. Edgar Neville se ocuparía de las grises versiones españolas y de la dirección de diálogos de dos producciones de la Metro Goldwin Mayer, para mí desconocidas, tituladas El presidio (Ward Wing, 1930) y En cada puerto un amor (Marcel Silver, 1931).

 

Tras su proclamación en 1931, Neville abrazó, inicialmente con ardor y esperanza (pese a su amistad con Alfonso XIII), la causa republicana, pero tomó luego inequívoco partido por los sublevados cuando el Frente Popular obtuvo el triunfo en las elecciones de 1936. Su viejo amigo Max Aub le motejaría por ello de "fascista de buen tono", pero sobre él declaró otro de sus fieles amigos, Luis Buñuel, que "Edgar no fue ni fascista ni republicano... hizo siempre lo que le vino en gana, que no es poco."

 

Sea como fuere, y antes de incorporase al cine español de la posguerra del que se ocupa nuestro ciclo, en la obra cinematográfica de Neville, pueden discriminarse dos períodos nítidamente diferenciados, en los que se entregó a causas antagónicas. En el período de la Segunda República Española anterior a la asonada militar (1931-1936), se dejó seducir por la primera cineasta española de la época sonora, la barcelonesa Rosario Pi (directora de la admirable El gato montés, 1935, con soberbia música del maestro valenciano Manuel Penella) para rodar bajo los auspicios de la productora creada por ella, Star Films, Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1931) y, más tarde, con el dinero del Marqués de Valdeiglesias, metido en faenas de productor cinematográfico, puso en pie un cortometraje humorístico titulado Falso noticiario (Edgar Neville, 1933). En 1934 coloboró como guionista en la producción de uno de los films republicanos cuya pérdida más han llorado los historiadores del cine español, La traviesa molinera (Harry D´Abadie d´Arrast, 1934), que adaptaba la extraordinaria novela corta de Pedro Antonio de Alarcón, El sombrero de tres picos (1874), inspiradora del ballet de Manuel de Falla en 1919. Colaborador también en los diálogos de la estupenda comedia cosmopolita Rumbo al Cairo (Benito Perojo, 1935), fue durante estas dos temporadas de 1935 y 136 ( es decir: durante el bienio, pues, más germinativo del cine español posterior), cuando Edgar Neville ofreció a nuestro cine la principal virtud de su estilo: una modernización sutilmente madurada del nuevo humorismo que ya florecía en los periódicos coetáneos (Julio Camba), las novelas de la dictadura de Primo de Rivera (Wenceslao Fernández Flórez), el teatro más vanguardista e inverosímil de entonces (Enrique Jardiel Poncela) o la prensa gráfica (revistas como Buen Humor, donde colaboraba Mihura, a quien acababan de rechazar su visionaria comedia entre surrealista y absurda Tres sombreros de copa (1932), que no se estrenaría hasta los años 50), al servicio de una expresión ligera y de buen tono sostenida por un elenco irrepetible de actores secundarios o característicos, que muy a menudo venía atravesada de una suave nostalgia.

Tras una parodia de zarzuelas de 30 minutos, la titulada Do, re mí, fa sol, la, sí o la vida privada de un tenor (1935), Neville lleva a la pantalla la reciente novela publicada en 1931 por Wenceslao Fernández Flórez, El malvado Carabel (Edgar Neville, 1935, producida por U-Films y Saturnino Ulargui), que había de obtener otra muy notable versión en la España franquista, esta vez dirigida por Fernando Fernán Gómez (1955). Adapta luego la farsa cómica del alicantino Carlos Arniches estrenada en el Teatro Lara el 14 de diciembre de 1916 La señorita de Trevelez (Edgar Neville, 1936), que igualmente será objeto de una nueva versión fílmica en los años cincuenta, orientada en esa ocasión con astucia a denunciar la miseria moral franquista (Calle mayor, Juan Antonio Bardem, 1956) y cuya sombra aún se alarga hasta nuestra contemporánea y sobresaliente comedia negra La venganza de la señorita de Trevelez (Papel de lija), del también gran cineasta, periodista, novelista, dramaturgo, director de teatro, teórico del cine, biólogo y teleasta madrileño Javier Maqua (editada en Oviedo por KRK, en 2009), preciosa y precisa obra dramática aún, inexplicablemente, no llevada a la escena.

Por los fragmentos triturados que se conservan (mal: menos de 50 minutos de celuloide roto en mil pedazos, visible a trompicones y prácticamente inaudible), se infiere que la película de Neville, admirablemente interpretada por María Gámez (Florita), Antoñita Colomé (Araceli) y el eficacísimo e inolvidable Alberto Romea (Gonzalo de Trevelez), producida por Atalantic Films, montada por Sara Ontañón y fotografiada por Enrique Barreyre, era un experimento decididamente bien articulado (amistoso abrazo festivo en el que el viejo autor de sainetes regeneracionistas -Arniches- daba la alternativa a la vanguardia cinematográfica) que trataba de atrapar o acomodar los nuevos aires y nuevas formas humorísticas que corrían ya por los escenarios teatrales, por las imprentas, e incluso por las calles y cafés del Madrid moderno (cruzado por una Gran Vía aún inconclusa), para abrocharlos con las fórmulas recientemente dominadas por eso -también tan nuevo- del cinematógrafo, ya aclimatado a nuestro suelo y dueño ahora de la plenitud de sus recursos tras la incorporación del sonido sincronizado, como se comprobaba en el éxito de distintos géneros y movimientos internacionales contemporáneos muy del gusto del público; verbigracia: la sofisticada comedia norteamericana (Lubitsch, Capra) o las derivas y modulaciones del (difusamente llamado) realismo poético francés (Clair, Renoir).

 

Así las cosas, fue muy de lamentar ver convertido a Neville (segunda etapa aquí reseñada) en activo propagandista del ideario del Movimiento durante nuestra guerra incivil (aquella "loca fiesta trágica", como escribió Juan Ramón Jiménez), período en el que rodó en Madrid el competente documental fascista La ciudad universitaria (1938), breve film de encargo del Departamento Nacional de Cinematografía, al que siguieron, inmediatamente, dos largometrajes de ficción en Italia (Frente de Madrid, Edgar Neville, 1939; La muchacha de Moscú, Edgar Neville, 1940), que no he visto, y que, según creo, casi nadie ha visto. Sin embargo, su resentimiento anticomunista es todavía perceptible, aunque sea metafóricamente o por alusión, en el plúmbeo y precario melodrama histórico Correo de Indias (Edgar Neville, 1942), donde invierte, sin ninguna gracia, la famosa escena de la rebelión del Potemkin (en Bronenosets Potyomkin, El acorazado Potemkin, S. M. Eisenstein, 1925), dando la razón a los personajes que aseguran que la comida dispensada en el barco (en este caso un "Correo de Indias" en una travesía acontecida en 1803) está en perfectas condiciones. Pero también ya en El correo de Indias, cuya segunda e interminable parte es mejor olvidar, irrumpen algunos populares actores-personajes que se erigen como lo más ilustre del cinema de Neville durante tres décadas, cual es el caso de las esporádicas apariciones de Julia Lajos (aquí en el papel de Paca, la portuguesa) y presenta sus credenciales como protagonista su elegante compañera durante media vida (aunque nunca, al parecer, compartió domicilio con ella) Conchita Montes (en el papel protagonista de la virreina del Perú).

 

De hecho, un par de magistrales cortometrajes anteriores (Verbena, 1941; La Parrala, 1941), enlazaban mejor el prometedor cine republicano de Neville con las extraordinarias películas de los años cuarenta que presentamos en este ciclo.

 

La irreductible unicidad de un film tan extravagante como La torre de los siete jorobados (1944), adaptación de una novela rocambolesca de Emilio Carrere y fruto de la inopinada hibridación del modelo cinematográfico expresionista alemán (Lang, Murnau) y el renovado sainete madrileño (¿?) que había manejado Neville con solvencia en La señorita de trevelez, ostentaba osadamente una libertad de elección, en cuanto al género y el estilo fílmicos, sin parangón en la época ni en ninguna otra época (ni en nuestro cine, ni, naturalmente, en ningún otro). Con La vida en un hilo (1945), ya obra minuciosamente orquestada, ideada, escrita, producida y dirigida por Neville, el aristocrático e iluminado autor se adelanta genialmente al argumento de ¡Qué bello es vivir! (It's a Wonderful Life, Frank Capra, 1946), ofreciendo al espectador dos alternativas radicalmente distintas de la vida de una mujer (Mercedes, interpretada por Conchita Montes) a partir de cierto incidente minúsculo, como exactamente medio siglos después hará la dramaturga catalana Beth Escudé i Gallès en su compleja y brillante opera prima El destí de les violetas (comedia estrenada en el marco del Festival de Sitges, 1995, y dirigida por la autora). En Domingo de Carnaval (1945), cobra vida la obra pictórica y los tenebrosos grabados expresionistas del gran José Gutiérrez Solana (Madrid, 1886-1945), amigo del cineasta y artista de raigambre indiscutiblemente goyesca, propinando al desconcertado público una mezcla de sainete y peripecia policíaca de insólita iconografía y humor amable salpimentado de literatura vanguardista. Por fin, la chaplinesca Historia de un caballo es un sainete moderno y nostálgico, que bien podría confundirse con un film hippie avant la lettre (el movimiento contracultural nacería diez años después), y que entronca, sin solución de continuidad, con el inmediato estilo berlanguiano en su ruidosa irrupción en el mundo del cine (al alimón con Bardem) con la película Esa pareja feliz (1951).

 

Estos y otros films suyos, en suma -por ejemplo, el mucho más redondo y pulido El crimen de la calle bordadores (Edgar Neville, 1946)-, permiten tender un puente nunca del todo roto durante el período más agrio, cerril y criminal del franquismo, entre el humorismo más solvente de los films españoles que poseen ya una compleja estructura narrativa en los años diez (véase: El pollo Tejada, del barcelonés José de Togores, 1915, sobre la aventura cómica en un acto de Arniches y el tremendo García Álvarez, producido por Segre films y del que sólo conservamos la segunda parte) y las obras maestras del humorismo del cine español de los años cincuenta (pensemos en Bienvenido Mister Marshall, Luis García Berlanga, 1952, con aportaciones fundamentales de Miguel Mihura, o en Novio a la vista, Luis García Berlanga, 1954, sobre un argumento y guión de Edgar Neville) o sesenta (pensemos en Plácido, Berlanga, 1961, con guión del previamente codornicesco Azcona; pero también en la reverente puesta en escena de Fernando Fernán Gómez de la inmortal parodia de Pedro Muñoz Seca La venganza de don Mendo, 1961, originalmente estrenada en el Teatro de la Comedia en 1918).

 

Durante la década siguiente, la de los cincuenta, permaneció activo Edgar Neville ofreciendo brillantes pinceladas de genio en films memorables como la coproducción hispanofrancesa La ironía del dinero (Bonjour la chance, Edgar Neville, 1955), El baile (Edgar Neville, 1959) y -corolario de su estilo y resumen de sus preferencias y gustos- Mi calle (1960), que narra los avatares de cincuenta años de Historia en un castizo barrio madrileño y posee un vistoso tinte autobiográfico, testimonial y hasta testamentario.

 

En fin: las cuatro películas seleccionadas de los años cuarenta dan una idea, si no completa sí muy representativa, no sólo del estilo único de este autor, sino de las elegantes modulaciones de un humor bien educado que, frente a la grosería de las bromas propias de la risa mala (muy popular) que censuraba Arniches, se erige como un humor de clase, decoroso y artístico, heredero del ingenio que sopesa Gracián en el siglo XVII, o del humor inglés teorizado en el siglo siguiente por Shaftesbury; un ingenio/humor exigente y bien educado (rococó, liviano, aunque no cursi), y que para ello, a menudo, y con vistas a no hablar sólo del sexo de los ángeles, elige hablar de un tiempo imaginario, ido, o que nunca existió, entrañable y ridículo.

 

Fomentados en este humus, los chistes del cine de Neville florecen ajenos, sin rubor ninguno, al pasado, presente y futuro de la insaciable codicia alegal de la oligarquía financiera (de todas la épocas) y de la inmundicia administrativa (de todas las épocas). Su tono es, cuando menos, una manifestación de clase (superior); su irresponsabilidad, ¡qué duda cabe!, es manifiesta. Privilegios del vencedor. Y tan ricamente.

 

Pero esa autoridad enunciativa (joya de nuestro cine) puede, y debe, creo yo, seguir siendo respetada y analizada. Y su humor disfrutado.

 

 

ALEJANDRO MONTIEL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primera Sesión:

 

Día: 7 d'agost Hora: 22:15

Lugar: taller Pau Alemany, la Bastida, Farrera

 

La torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944)

 

Duración: 99 minutos.

 

Guión José Saturgini y Edgar Neville sobre la novela homónima de Emilio Carrere (1881-1947).

 

Reparto:

Antonio Casal (Basilio Beltrán)

Isabel de Pomés (Inés)

Félix de Pomés (Robinsón de Mantua)

Guillermo Marín (El Doctor Sabatino)

Antonio Riquelme (Don Zacarías)

Julia Lajos (Magdalena)

 

Segunda Sesión:

 

Día: 14 d'agost Hora: 22:15

Lugar: taller Pau Alemany, la Bastida, Farrera

 

 

La vida en un hilo (Edgar Neville,1945)

 

Duración: 100 minutos.

 

Guión original de Edgar Neville.

 

Reparto:

Conchita Montes (Mercedes)

Rafael Durán (Miguel)

Guillermo Marín (Ramón)

Julia Lajos (Madame Dupont)

 

 

 

Tercera Sesión:

 

Día: 21 d'agost Hora: 22:15

Lugar: taller Pau Alemany, la Bastida, Farrera

 

 

Domingo de carnaval (Edgar Neville, 1945)

 

Duración: 83 minutos.

 

Guión original Edgar Neville.

 

Reparto:

Conchita Montes (Nieves)

Fernando Fernán Gómez (Matías, el comisario)

Julia Lajos (Julia)

Guillermo Marín (Gonzalo)

 

Cuarta Sesión:

 

Día: 28 d'agost Hora: 22,15

Lugar: taller Pau Alemany, la Bastida, Farrera

 

Historia de un caballo (Edgar Neville,1950)

 

Duración: 85 minutos.

 

Guión original Edgar Neville.

 

Reparto:

Fernando Fernán Gómez (Fernando)

Conchita Montes (Isabel)

José Luis Ozores (Simón)

Mary Lamar (Elvirita)

Julia lajos (Doña Luisa)